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 Dulces recuerdos, Alena.

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afinidades
Te fijas en Edward


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MensajeTema: Dulces recuerdos, Alena.   Dom Jul 05, 2009 10:54 pm

Chicas otras vez me teneis aquí. Esta idea ha surgido de repente en mi cabeza y aunque aún no he acabado mi primer fic, este proyecto de historia me ha llegado al corazón y le he querido dar forma rápidamente.

¿Nunca os ha dado curiosidad saber cómo era la vida de nuestro Edward antes de convertirse en vampiro? ¿Y si conoció a alguien especial en ese tiempo? A mi muchísima y eso es lo que voy intentar mostrar en la primera parte de mi historia, la vida de Edward antes de ser lo que era contado desde el punto de vista de otro personaje creado por mí.

En la segunda parte de mi historia Edward ya será el vampiro que todas conocemos asentado en Forks. Pero hay veces que el pasado siempre vuelve y eso es lo que nuestro joven vampiro, descubrirá para sorpresa tanto de Bella como para el.



Cap.1
Fix you.


Illinois, Chicago 1911.

Esa mañana la luz del sol que siempre acompañaba a la soleada Illinois, había sido sacrificada por una neblina densa y grisacea que hacia imposible la visión por mucho que te esforzaras en enfocar la vista. La brisa helada de ese día danzaba entre todos nosotros, envolviéndonos en un aura sombria y tétrica que me amedrentaba.
Nunca me había parado a pensar en cómo sería el día del funeral de mis padres pero supuse que debía de ser exactamente así melancólico y triste como en ese momento. Tal vez si no hubiese sido de esa forma, si el sol hubiese estado presente en ese día alumbrándonos con su luz cálida y divina, sería un insulto hacia ellos y hacia mi misma por parte de nuestro señor Jesús. Ese dios que tan bueno y misericordioso me habían pintado desde que tenía uso de razón, pero que yo consideraba cruel y despiadado puesto que había decidido llevarse a mis padres consigo. Sólo un villano y un cobarde podía ser capaz de arrebatar a una niña de ocho años, la razón de su existencia.

¿A quién iba acudir ahora cuando necesitase los abrazos y besos de mamá? ¿Quién me iba a reñir por no saber amoldarme cómo las demás niñas, a los modales refinados de las señoritas de mi alcurnia, sino era mi querido padre?. Con mis ocho años recien cumplidos no lograba a imaginar que pude hacer yo de malo para que ese dios me castigara de esa forma tan vil y traicionera.

A pesar de todo y aunque el dolor me oprimiera las costillas casi ni dejándome paso para respirar, mis grandes ojos color chocolate se negaban a expulsar todo ese sufrimiento en forma de lágrimas. Mi pequeño cuerpecito se encontraba entumecido y adormecido a causa de esa noche de terror de la que nunca me iba recuperar ¿acaso alguien se puede recuperar de una noticia así?, tampoco ayudaba los traspiés que me provocaba dar ese vestido largo y de color negro con el cual la mejor amiga de mi madre me había vestido esa tormentosa mañana. Desde que entró en mi habitación no había dejado de arroparme entre su cálidos brazos y besarme el rostro enjuagándo sus lágrimas en el. La dulce Elisabeth Massen, me queria cómo una hija, siempre lo había sentido así y ella lo había confesado más de una vez. Aunque esa bella joven ya contara con un hijo y lo amase con todo su ser, a toda madre le gustaría tener una niña con la cual compartir secretos y sentimientos. ''Compartir emociones que con un hijo seria un imposible'', la había escuchado decir muchas veces a mi madre.

Cómo bien he dicho los Massen tenían un hijo, lo llamaron Edward en honor a su padre que siempre deseó tener un varón para así poder continuar con la grandeza de su apellido y estirpe. Contaba con dos años más que yo, era el más alto de los chicos de su edad y el más delgado, tanto que solía molestarlo diciéndole que parecía un alfiler. Su pelo era rubio pero con reflejos oscuros, lo llevaba largo y alborotado a veces cuando jugábamos algún mechon rebelde le tapaba la visión y yo aprovechaba ese momento para correr y esconderme.

Nos habíamos criado prácticamente juntos, nuestros lazos afectivos estaban afianzados incluso de una manera más fuerte que la relación de amistad de nuestros respectivos padres que eran grandes amigos desde hacia años.

Edward y yo éramos como hermanos, el era mi protector, mi ángel guardian no sabría decir de cuantas travesuras había salido ilesa por su ayuda. Yo era un torbellino rebelde y alegre y el era todo lo contrario serio y responsable, ''un señor en miniatura'' decía mi madre divertida a Elisabeth. Nunca llegué a entender cómo era posible que nos llevásemos tan bien pero con el tiempo descubriría que nos complementábamos al uno al otro, cómo dos piezas que encajaban a la perfección formando algo demasiado hermoso para poder describirlo.

La pasada noche antes de recibir la noticia, ambos nos encontrábamos en el salón de su majestuosa casa, sentados al piano entre risas y melodia infantiles, mientras el fuego chisporreteaba en la chimenea caldeando esa enorme habitación tan fria. Solía quedarme en innumerables ocasiones en casa de los Massen puesto que mi padre era hombre de negocios y viajaba mucho a Europa, mi madre en ocasiones accedía a acompañarlo para comprar algunos enseres que sólo se podían encontrar en ese continente. Solía aprovechar también esos viajes de mi padre para visitar a la poca familia que le quedaba allí en españa. Quizás por eso mi pelo o el color de mi piel era de un tono más oscuro que el de lás demás chicas de por allí y tal vez mi cáracter de potrilla sin domar era a causa de esa sangre caliente heredada de españoles.

El padre de Edward entró en esa habitación con un semblante serio y compungido mientras que su madre lo seguia cómo un fantasma de repente me abrazó con tanta fuerza que incluso me hizo daño mientras entre sollozos sólo acertaba a decir. ''Mi pobre niña, mi pobre niña..''

Al cabo de un tiempo en que el Edward pudo calmar a su mujer, me contaron lo sucedido. El barco en el cual viajaban mis padres de regreso a América había sido sorprendido por una tormenta, desapareciendo el buque en la negrura de esas aguas mortíferas sin supervivientes. '' Sin supervivientes'' decía mi mente una y otra vez.

Mi reacción no fue llorar ni si quiera gritar de impotencia o dolor, sentí a mi lado cómo el pequeño Edward temblaba pero no me atreví a mirarlo si quiera por temor a derrumbarme, salí corriendo de ese lugar dónde la verdad me quemaba como un clavo ardiendo sobre la piel y huí a mi habitación, a mi refugio dónde creí que ese insoportable sufrimiento no iba a alcanzarme pero estaba equivocada. El tormento me taladraba el corazón, la cabeza. Me sente en el suelo y rodee mis piernas con mis brazos, comencé a moverme de manera compulsiva intentado que ese dolor se esfumara. Pero seguía ahí devorándome viva las entrañas y el alma.

El funeral pasó rápidamente cómo un suspiro, yo me mantenía agarrada a la mano de Elisabeth, creí que si la soltaba me caería de un momento a otro al suelo. Calibré la posibilidad de abrazarme a los ataudes en un intento en vano de insuflarles vida a esos cuerpos vacios de sentimientos y de alma. ''Por favor dios haz que regresen'' rogaba mi cabecita llena de fe, pero sabia que nada de eso iba a pasar. Mis padres eran buenos y generosos y Jesús los quería solo para el. Eres un egoista y me los has arrebatado, te odio, le grité en mi cabeza al señor deseosa porque me escuchase.

Llevada por el rencor y el calvario que estaba sintiendo alcancé a escaparme de la mano de mi segunda madre. Oí desde lejos los gritos de desesperación y sorpresa de los presentes. Pero yo no podía ver cómo mis padres eran tragados por la tierra, sólo quería escapar de esa gente y su compasión hacia una niña huérfana como yo. Yo no queria compasión, sólo desaba a mis padres.

Lo peor era que ni si quiera podía llorar, ¿acaso no tenía sentimientos? ¿por quó no lo hacía? necesitaba sacar ese sufrimiento de mi interior aunque fuese en forma de lágrimas pero no podía. Me senté aterrada por mi falta de emociones debajo de un viejos castaño. Era un monstruo, lo sabía. ¿O si no porqué no podía llorar a mis padres?.

De pronto sentí una presencia detrás de mi, me giré sobresaltada y encontré a mi amigo de alma, el cual me miraba con esos ojos verdes escrutándome el rostro, su expresión era triste pero la intentaba ocultar con ese aire de seriedad que tanto le caracterizaba.

- ¿Por qué me has seguido? ¡Vete quiero estar sola! - Grité cómo una niña histérica.

- Tu no estas sola Alena - dijo firme mientras se sentaba a mi lado y me cogia fuertemente la mano. Me miró a los ojos intentado traspasarme todo ese calor que tanto necesitaba. - Yo te protegeré de todo y de todos, soy fuerte para eso y más.

Al instanté lo sentí. Eran lágrimas, pequeñas gotas saladas brotaban de mis ojos. La cálidez de ese chico, de mi hermano era lo que necesitaba para dejar escapar todo ese sufrimiento que me taladraba el alma y la razón. Le abracé con fuerza mientras mis lágrimas no cesaban.

- Prómeteme que siempre estaremos juntos - le exigí entre sollozos. El y sus padres eran lo único que me quedaba en el mundo. Confiaba en Edward y sabía que nunca me abandonaría pero quería escucharlo de sus labios, para sentirme un poco más segura.

- Te lo prometo chiquita. Y para que mis palabras tengan más credibilidad lo sellaremos aquí y ahora. - dijo solemne mientras sacaba una pequeña navaja de su pantalón. Lo miré sorprendida y un poco asustada. ¿Qué quería hacer conmigo, matarme?

- No te asustes tonta - sonrió con una de esas pequeñas sonrisas que tan adorable le hacían parecer, para darme confianza. Se hizo un pequeño corte en el dedo y después cogió mi mano para hacer los mismo conmigo, ya no tenía miedo. Edward nunca me haría daño.

De nuestras pequeñas heridas empezaron a brotar pequeñas gotas de sangre y sin previo aviso el juntó su dedo con el mio. Un pacto de sangre y de amistad eterna eso es lo que quería prometerme ese dulce niño de ojos verdes.

- A partir de ahora somos uno Alena. Tu sangre es mi sangre - murmuró mientras me sonreía de manera gentil.

- A partir de ahora somos uno Edward. Tu sangre es mi sangre - repetí yo segura por fín de que Edward nunca me iba a abandonar.

Y allí debajo de aquel castaño con lo que simbolizaba ese corte en nuestras manos, hicimos una promesa, que solo pueden entender los hermanos.

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Esta canción me ha inspirado para el capítulo. Me sobrecoge el corazón sólo de oirla. Es preciosa (L)

http://www.youtube.com/watch?v=r890DO1Mnmk
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Lun Jul 06, 2009 1:12 pm

woooooow!! es precioso kasi me hace llorar de verdad!
de verdad deves seguir! esto es precioso,, me da
verguenza lo mal k escribo yo y lo bn k lo hacies
muxas de vosotras,, por favor no dejeis de escribir!!

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Lun Jul 06, 2009 7:45 pm

nataly muchas gracias en serio. Me alegro de que te guste mi idea, no sabía muy bien si la historia contaba con una trama interesante pero si te gusta, la continuaré. En realidad estoy muy ilusionada con ella. Un beso y gracias de verdad. Sois todo mi apoyo!


Cap.12
My girl. (Primera parte)


Illinois, Chicago. Primavera de 1918.

En esa tranquila y cálida madrugada de 1918 se cumplían siete años de la muerte de mis amados padres. Desde mi habitación podía escuchar cómo los grillos entonaban una bonita melodia reconfortante mientras una brisa primaveral se habría paso por mi ventana hasta rodearme con sus brazos invisibles acunándome. Podría resultar increible pero parecia cómo si la naturaleza ese día quisiese darme ese consuelo que tanto necesitaba de alguna forma.

Esa noche cómo en muchas tantas anteriores, había despertado confundida y sofocada alargando mis brazos en un intento fallido de poder alcanzar entre la oscuridad de ese cuarto las delicadas manos de mi joven madre. Pero como siempre todo había sido un maldito sueño.

Esa pesadilla me atormentaba sin darme tregua alguna desde el día de su muerte, en ella contaba con mis ochos años de entonces despertando en un lugar oscuro mientras sólo escuchaba la voz de mamá en alguna parte de esa extraña realidad. Al principio una sensación de inquietud y nervios me invadía intentado por todos los medios encontrarla en aquella abrupta negrura y cuando al fín la hallaba sonriéndome de esa forma tan dulce y maternal, corría lo más rápido que me permitían mis piernas, feliz y contenta, alargando mis pequeños bracitos hacia ella. Pero de repente esa felicidad se convertía en angustia y frustración puesto por mucho que me esforzara en correr nunca llegaba a tocarla.

Moví la cabeza hacia los lados, intentado que ese doloroso sueño se esfumara de mi mente. Siempre había creido que el tiempo te hacía olvidar pero no cerraba del todo bien las heridas y yo era el claro ejemplo de ello. La brecha de mi corazón aún permanecia abierta y a veces supuraba dolorosamente, tanto que incluso me llegaba a faltar el aire en los pulmones y un sudor frio recorría cada rincón de mi cuerpo haciéndome temblar de sufrimiento.


A pesar de todo siempre intentaba sobreponerme de ese malestar para así evitar que mi familia se percatase de mis terribles pesadillas y acabase preocupada en demasia, sobretodo debía esconderme de Edward, siempre atento a cada una de mis actuaciones y reacciones. Era un perro guardían muy listo, pero yo era más avispada y siempre me las arreglaba para engañarle y sufrir en silencio, cómo yo solía llamar a mi sensación de amargura continuada.

Me levanté de la cama de un salto, ya no me costaba tanto bajarme de ella como solía pasar cuando era más pequeña. A mis quince años ya era toda una mujercita. Era más bajita que las chicas de mi edad pero tanto mi silueta cómo mis curvas mostraban el cuerpo de una uténtica mujer y más con ese ajustado camisón de color blanco roto, largo hasta las rodillas que Elisabeth me obligaba a llevar. ''Las señoritas deben llevar ropa fina y elegante en cualquier ocasión, hasta para ir a dormir'' me decía con voz firme.

Me dirigí a hurtadillas para no despertar a nadie hacía la recamara de Edward, fuí directamente al armario sin fijarme si quiera en la enorme cama que ocupaba casi toda la estancia, cosa que si hubiera hecho si el hubiese estado allí, puesto que me fascinaba verlo domir, pero a mi pesar se encontraba acompañando a su padre en viajes de negocios. Me lamenté en mi interior, le hechaba mucho de menos, pero no debía quejarme tanto en dos días lo tendría de vuelta conmigo. Cogí una de sus blancas camisas y salí de nuevo silenciosa como un gato de esa habitación mientras aspiaraba el delicioso olor a almedras tostadas que emanaba esa prenda de ropa. Edward olía demasiado bien, me podría haber pasado horas respirándo esa magnífica fragancia, pero tenía prisa.

Rápidamente me vestí con unos pantalones hechos especialmente para mí y con esa enorme camisa que me quedaba grande por todas partes. Decidí arremangármela hasta los codos, por un día debía sacrificar mi coquetería y lucir cómo un hombre, ya que era eso o un apretado y largo vestido que no era lo más cómodo para cabalgar a horcajadas sobre un caballo. Terminé por colocarme esas enormes botas que me llegabán hasta la rodilla y me senté frente a ese tocador de madera oscura con minuciosos detalles florales.

Una chica de grandes ojos color chocolate apareció ante mí reflejada por ese espejo. Su rostro era infantil y dulce y sabía muy bien que era a causa de esos pómulos tan pronunciados heredados de su difunta madre. Su pelo de un color castaño claro muy brillante y sedoso formaba númerosos bucles bien definidos, aniñándo aún más su angelical rostro. Decidí recoger mi pelo en una trenza ladeada así no entorpecería mi visión lo más mínimo en mi pequeña aventura.

Corrí hacía la ventana y la abrí de par en par, no era la primera vez que lo hacia pero a pesar de todo una sensación de vértigo me invadió al calcular la distancia existente desde mi habitación situada en un segundo piso y el suelo. Salté a las enredaderas de la fachada sin pensarlo dos veces. A veces hay que actuar y dejarse de razonamientos que te hacen perder el tiempo. Descendí con agilidad por las ramas hasta llegar al suelo, dónde aterrice con el sigilo de un ratón.
Casi de puntillas, evitando hacer el mayor ruido posible fuí hacia los establos, dónde mi bella yegua ''Tempestad' me esperaba. Relinchó de gusto nada más verme mientras movía de forma elegante su cabeza, le acaricie el hocico con dulzura.

- Eres preciosa - le susurré despacio. En realidad era una hermosura, una hembra fuerte y veloz con una cola larga y sedosa de color negro, en constraste con el marrón oscuro de su piel, pero lo que más llamaba la atención de ese animal no era otra cosa que esos ojos grandes como luceros, enmarcados por unas espesas y gruesas pestañas, que rebosaban inteligencia y nobleza por todas partes.

La saqué de las caballerizas sin esfuerzo, deseaba al igual que yo ese paseo a la luz de la luna. La monté sin problemas a pesar de que me costaba mil horrores alcanzar el estribo para poder subirme correctamente a la silla a causa de mi pequeña estatura, sin embargo yo no me caracteriza por amedrantarme ante tales tonterias, siempre lograba montar mi caballo sin ayuda y con un mínimo de orgullo y elegancia.

Tempestad relinchó ansiosa informándome de ese modo que estábamos tardando demasiado en ponernos en marcha. Casi se me paró el corazón del susto, iba a despertar a toda la casa cómo siguiera así.

- Sshhh pequeña, no hagas ruido o se acabará el paseo demasiado pronto - la tranquilicé dándole unas palmaditas en su cuello.

Ella pareció entenderme y se quedó callada y muy quieta esperándo mis órdenes. No la hice esperar más y golpeé con mi talón su costado en señal de que se pusiera en marcha.
Y así subida sobre ''Tempestad'', la cual galopaba con fiereza y rápidez hacia el bosque de los alrededores de la mansión Massen, acompañada solamente con el sonido de sus cascos al chocar contra el suelo, sentí lo que era en realidad la libertad.

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Cómo es habitual, la canción que me inspira a escribir! un beso!

http://www.youtube.com/watch?v=bZh7nRw6gl8
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Lun Jul 06, 2009 10:08 pm

aiwebs_016 Me encantó Smile Nunca me había imaginado a Edward antes de su vampirización... jaja. Es una idea muy original Smile Aunque me cuesta no verla a Bella incluída en la historia, es raro... jaja..
Sigue Escribiendo!!

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La llaman Mi cantante, porque su Sangre canta para mí...
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Mar Jul 07, 2009 10:46 am

Me encanta!! aiwebs_016 debes seguir Escribiendo por que lo haces genial! aunk creo que Edward ya pronto va caer de Gripe Española no? bueno k me encanta muuuuuxo!!

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Mar Jul 07, 2009 7:24 pm

Cap.2
My girl (parte2)


El viento me azotaba el rostro con desmesurada agresividad a causa de la velocidad en la que galopaba Tempestad a través de esa espesura de árboles y matorrales. Incluso esa noche la luna parecía haber salido sólo y exclusivamente para acompañarme en mi locura, proyectándo su luz brillante y plateada sobre el camino que debía seguir hasta llegar a mi ansiado destino. Una sensación de excitación y rebeldía comenzó a recorrer todo mi cuerpo, estaba rompiendo todas las reglas escritas de esa alta sociedad con la cual me veía obligada a convivir. Tenía la absoluta certeza de que si Elisabeth me hubiese visto con esa ropa nada femenina y subida ni más ni menos que a horcajadas en un caballo, cómo nunca debía hacer una respetable señorita, le habría dado un infarto. Sonreí feliz. Aliena Sophie Lingenfelter eres todo vulgaridad ironicé para mi misma orgullosa.

Conocí el lugar nada más divisar ese viejo alcornoque de tronco grueso y de altura considerable, dónde tantas veces en el sofocante verano de Lincolnwood, Edward y yo habíamos ido a descansar y charlar huyendo del calor, cobijados bajo la abismal sombra que proyectaba ese enorme árbol legendario.

Por fín había llegado a ese rincón secreto tan mio cómo de Edward, que parecía haber sido construido por los mismisimos ángeles del cielo puesto que no podía ser posible tanta hermosura. Una laguna de aguas limpias y cristalinas ocupaba casi todo ese maravilloso espacio, tan claras eran sus aguas que si te fijabas bien podías ver nadar a los despreocupados y tranquilos pececillos. La luna se reflejaba en cada rincón de ese lugar de una forma casi irreal arrebatándo destellos dorados a mi pelo el cual había dejado suelto, libre en señal de libertad. No sabría decir cuantas clases de pequeñas florecillas nacian en aquella tierra fertil y de color verde intenso, pero la fragancia que emanaban cada una de ellas, te abrumaba hasta la saciedad.

Dejé a tempestad cerca de aquel árbol imperial para que descansara del viaje, la acaricié con dulzura en señal de agradecimiento. Sin pensármelo dos veces busqué en aquel bolso de cuero marrón, ese libro que tanta fascinación me producia leer. Una sonrisa se dibujó en mis labios al encontrarlo. Sin lugar a dudas este era el mejor lugar del mundo para descansar y huir de mi atormentada realidad, que esa noche se estaba convirtiendo en una agonia insufrible dentro de mi habitación, ni si quiera podía contar con el consuelo de la compañía de Edward pues el se encontraba de viaje.

Me recosté boca abajo en la fría y húmeda hierva apoyando mi cabeza entre mis manos, el libró yacía en el suelo abierto cómo tantas veces en ese fragmento que tanto me hacia pensar. Mi obra favorita siempre había sido '' El abanico de Lady Windermere'' , lo había heredado de mi hermosa madre y se había convertido por tanto en uno de mis tesoros más preciados pero a pesar de todo ese fragmento de la obra me disgustaba demasiado tanto que incluso muchas veces el libro había sido lanzado por lo aires en un ataque de ira.
Comencé a leer ese maldito diálogo entre Lady Windermere y Lord Darlington incluso con nervios.

— Tiene usted razón… Tiene usted terriblemente razón. Dijo usted que quería ser mi amigo, lord Darlington. Dígame: ¿qué debo hacer? Sea usted mi amigo ahora.

— Entre un hombre y una mujer no hay amistad posible. Hay pasión, enemistad, adoración, amor; pero no amistad. La amo a usted…

Paré de leer irritada, no podía ni siquiera creer en esas viles palabras escritas por ese autor ignorante. Seguramente el nunca había disfrutado de esa amistan tan dulce e inocente que nos profesábamos Edward y yo desde que éramos unos niños. Era un absurdo pensar si quiera que con una persona que sabe más de ti que tu misma no exista amistad o cariño. ¿Pero amor? ¿Enemistad? se me hacía raro sólo de imaginarme muerta de amor hacia mi amado hermanastro. Y así sumida entre esos pensamientos extraños me quedé dormida, en paz.

Los rayos de sol matinal filtrados por esa nubes algodonadas me despertaron de mi sueño. Tenía todo el cuerpo dolorido por haber dormido en ese suelo duro cómo una piedra, la luz solar me impedía abrir los ojos asi que me los froté con ambas manos intentando espabilarme.

Me levanté del suelo lentamente. ¡Vaya, si que me había levantado perezosa esa mañana!. De pronto una idea cruzó por mi mente al vislumbrar el lago, me daría un baño y nadaría un rato para intentar despejarme. Comencé a desabrochar la camisa con rápidez y dos minutos después ya me encontraba solamente con esa combinación de color blanco que usaba de ropa interior.

El agua estaba fria pero eso sirvió para activar mi circulación y espabilarme de una forma casi instantanea.

- Señorita Alena, que gusto encontraros por aquí. - Escuché que decía una voz la cual arrastraba las palabras detrás de mi.

Era fácilmente reconocible. Me giré rapidamente zambulliendome en el agua hasta el cuello y ahí estaba el estúpido y prepotente de Matthew Mc.Gregory.

Un muchacho de la misma edad que mi hermanastro, de estatura normal y cuerpo bien definido, con un cabello de un rubio brillante y esa sonrrisilla de suficienciena en el rotro, que siempre se desdibujaba en una mueca de rencor en presencia de Edward, al cual envidiaba desde que éramos niños.

- ¡El gusto será para usted depravado! ¡Largo! ¡¿acaso no ve que estoy desnuda?! - grité llena de rabia.

- ¿Se refiere a estos harapos de sirviente? - preguntó divertido mientras cogía mi ropa de la orilla.

- ¡Devuelmela estúpido!

Salí del agua cegada por la rabia, la cual no me dejó ver que la combinación que llevaba cómo única prenda de ropa, se encontraba pegada en demasia a mi cuerpo, no dejando nada a la imaginación, pues marcaba cada parte de mi anatomía.

Matthew me miraba con la lujuría gravada en la cara mientras yo intentaba taparme infructuosamente con las manos.

- Te has convertido en una jovencita demasiado deseable. - dijo con voz sensual acercándose a mí. Le dejé que acercarse lo sufieciente para arrebatarle mi ropa y propinarle una patada en sus partes nobles que le hizo caer al suelo. Gruñó de dolor pero el maldito no se dió por vencido y me agarró el tobillo haciéndome caer de boca, al suelo embarrado.

- Yo te voy a enseñar lo que son modales zorra - me dijo a voces mientras se arrastraba hacía mi sin soltarme.

El miedo me carcomía por dentro pero debía mantenerme fria si queria salir ilesa de esa situación. Le propiné una patada en la cara que le hizo caer hacia atras de dolor. Me levanté con la rápidez de una gacela y monté a tempestad la cual comenzó a galopar veloz mientras Matthew se desgañitaba en amenazas a mis espaldas.

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Nuevo capi chicas, en el próximo aparecerá nuestro Edward por fín.. no os haré esperar más. Very Happy Un besito y gracias.
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Miér Jul 08, 2009 8:36 am

por favor deves seguir escribiendo mas!! por favor... esto es precioso!!
me as dejado cominedome las uñas,, wooow! yo kiero
k aparezca ya Edward! ya! k nervios deves seguir escribiendo
yo escribo tan mal que me hace muxa ilusion que gente komo las k
hay aki escribais tan bn!

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Miér Jul 08, 2009 7:41 pm

Cap.3
Pocker face.


La majestuosa mansión de los Massen apareció ante mis ojos para mi consuelo, después de casi quince minutos cabalgando con el corazón en un puño y suplicando porque ese indeseable no me siguiera para así poder cobrarse su venganza. Había tomado la determinación de no decir nada a nadie sobre lo ocurrido esa mañana en el bosque, ya que sabía a ciencia cierta que nadie me iba a escuchar y lo que era aún peor me iban a convertir en la culpable de todo, alegando que le había provocado y por tanto me estaba bien merecido puesto que ese muchacho sólo se había limitado a hacer lo que todo hombre con sangre en las venas hubiese hecho. Por mucho que me doliera en mi orgullo de mujer, tenía muy claro que esta maldita sociedad era injusta y machista. Las mujeres estábamos excluidas en un segundo plano, limitándo nuestra vida a criar niños y a cumplir cómo esposas complacientes y sumisas. ¡Ja y un cuerno!. Prefería morir soltera antes de acabar bajo el yugo de un marido simple y cretino.

Me dirigí a las caballerizas extenuada y con la respiración agitada tirándo de las riendas de una cansada Tempestad. Aún no había tenido tiempo para vestirme asi que recé para que los peones no se encontrasen alimentando a los caballos o limpiando los establos, no querian que me vieran semidesnuda. Ya había tenido suficientes sorpresas con hombres por ese día. Me asomé a la entrada con sigilo y para mi suerte en ese lugar no había ni un alma. Me encerré en la cuadra con la yegua, la cual comenzó a beber y a comer con ansias mientras yo me vestía con esas ropas manchadas de barro y hechas jirones. Supuse que mi aspecto no debería ser muy bueno, estaba toda sucia y mugrienta. Al andar me percaté de que de mis cabellos se desprendían pequeñas ramitas y hojas verdes.

Llegué a la conclusión de que la mejor forma de evitar que Elishabet me viera con esa facha y pusiera el grito en el cielo, era entrar por la puerta de servicio, es decir de la cocina. Desdé allí ya vería la forma de cómo llegar hacia mi habitación si ser vista. Iba pensando en esto cuando lo ví, debía de ser el porque nadie desprendía tanta elegancia y clase cómo ese muchacho.

Me quedé a unos metros de distancia deleitándome con su figura. Edward era demasiado perfecto eso era innegable incluso para mí, que lo veía cómo un hermano.

Se encontraba con su espalda apoyada en el marco de entrada de la cocina, con una pierna apoyada en la pared y los brazos cruzados sobre su pecho, en una postura realmente atractiva y chulesca. Me fije en su indumentaria especialmente para montar a caballo, vestía con esos pantalones color marrón claro que se ajustaban perfectamente a sus fuertes piernas mientras unas botas negras subian hasta sus rodillas. Una camisa blanca entreabierta dejaba al descubierto parte de su robusto pecho aunque al principio pudiera pasar por un chico bastante alto,delgado y desgarbado no tenía nada que ver con la realidad pues contaba con unos músculos bien definidos que harían gritar de lujuría hasta a la chica más puritana.

Me concentré en observar detenidamente su rostro, sin duda lo que más me atraía de el, parecia ser escúlpido por ángeles. Contaba con unos pómulos salientes y una fuerte mandíbula bien definida. Su nariz era recta herencía sin duda de su padre mientras que sus labios eran redondeados y rosados, demasiado apetitosos. Pero sin duda lo que más llamaba la atención era su pelo, el cual con el paso de los años se había escurecido tanto que el rubio con reflejos oscuros de su infancia había dado paso a un tono cobrizo con destellos dorados. Siempre lo llevaba desordenado haciendo aumentar su ya de por sí atractivo pues le daba una apariencia rebelde, indómable. LLegó un momento en que me sonrojé, ¿desde cuando Edward despertaba en mi esa atracción tan disparatada?. Alena deja de mirarlo de esa forma, es casi tu hermano. Podrían acusarte incluso de incesto por menos de esto, me regañé a mi misma.

Fuí hacia el casi danzando de la felicidad que me producia tenerlo allí. ¿Por qué había regresado antes de lo previsto?. No me importaba, lo importante es que estába por fín aquí, a mi lado. Antes de lanzarme a sus brazos me figé en un detalle que había pasado por alto. La frialdad que irradiaban sus ojos me desconcertó, además sostenía un gesto de enfado mezclado con preocupación.

- ¿Dónde has estado Alena? - me preguntó con frialdad, taladrándome con esos dos záfiros de color verde esmeralda, que tenía por ojos.

- No te importa - contesté enfadada por su actitud tan frívola. Cómo me podía hablar así después de casi dos semanas sin vernos. ¿Acaso no me había hechado de menos?.

- En realidad si me gustaría saber porqué una cabeza loca cómo tu salta desde su ventana y hulle hacía el bosque cómo un ladrón entre las sombras. - Me miró intensamente a los ojos mientras su mandíbula se tensaba a causa de la rabia. - Te podías haber hecho daño o peor aún que algún desalmado te hubiese atacado. El bosque no es un buen lugar para que una jovencita pasee sola y en plena noche.

- Asi que cuando entré en tu habitación ¿estabás allí? - pregunté de repente sin darle importancia a su pequeño discurso.
Los colores subieron a mis mejillas. Edward ¿Me había visto en camisón? queria morirme. Su expresión agria se transformó en una de desconcierto tanto por esa pregunta que no venía al caso cómo por mi inesperado sonrojo.

- Te hubieses dado cuenta sino andaras siempre tan despistada. Creo que también influyo mi facilidad para hacerme el dormido. - me expetó con burla pero sin cambiar el tono gruñón de su voz - De todos modos ese no es el caso a discutir. Contesta a mi pregunta por favor.

- Edward deja de comportarte cómo una madre regañona ¿vale? Ya no soy una niña. - dije irritada. Cuando iba a enterarse de que ya no era una cria. Me valía por mi misma sin necesidad de su protección ni de la de nadie. Su faceta de hermano mayor protector me agobiaba. Me dispuse a marcharme térriblemente enfadada, pero el me agarró del brazo haciéndome quedar frente a el.

- Pues deja de comportarte cómo tal y te trataré como la jovencita que ya es hora que seas - me expetó en tono de padre complaciente. La crueldad de esa frase me llegó al corazón, sentí cómo los ojos se me llenaron de lágrimas. Le había decepcionado a el y eso era más de lo que yo podía soportar. Edward palideció al verme de ese modo tan afligido. Debía resultar patética con mi cara salpicada por el barro, mi pelo lleno de hojarasca y mis ojos rojos y húmedos atestados de lágrimas.

- Alena no llores por favor. Perdóname soy un estúpido insensible y sobretodo miserable por hacer llorar a un ángel cómo tu. - dijo con un hilo de voz. - Lo siento tanto de verdad mi pequeña, pero la preocupación y el miedo de que te hubiese pasado algo me ha acompañado desde que te ví marcharte en la lejania. Estaba furioso y al final he acabado pagándolo contigo. ¡Dios sabe cuantas veces he estado a punto de ir a buscarte en esta noche infernal, no se que fuerza sobrehumana me lo ha impedido!. Pero decidí dejarte sola, no quería interferir en el motivo por el cual te habías escapado, ya eres una joven responsable y cabal, tus razones tendrías.
Me abrazó con ansias, apretándome contra su pecho mientras me basaba el pelo en señal de perdón.

- Edward no te culpes, soy yo la que debe disculparse contigo. Siento tanto haberte preocupado.. - le miré a esos ojos verdes para descubrir que ya no reflefaban esa frialdad del principio sino que rebosaba ternura y afecto. Nos quedamos así unos minutos mirándonos mudos, en ese bendito y reconfortante silencio.

- Se esta haciendo tarde Alena, nuestra madre debe estar muy enfadada. Llegamos una hora tarde a su comida con la realeza - ironizó rodando los ojos, rompiendo toda la magia y provocando que una sensación de pánico me invadiera.

- ¿Ah pero era hoy? - pregunté aterrada, poniéndome blanca.

- Claro que es hoy. ¿Ves? eres todo despistes - dijo con una sonrisa torcida demasiado atractiva.

- Edward debo vestirme ¿cómo voy a llegar a mi cuarto sin que me vean? - me estaba empezando a poner de los nervios mientras tanto el no dejaba de mirarme con gesto divertido. Le fulminé con la mirada mientras daba vueltas de un lado a otro intentado encontrar una solución.

- ¿Quieres parar Alena? me estas mareando - me exigió con tono cansado. - Tranquila cuando he venido hasta aquí, los invitados se encontraban en el jardín delantero. Podremos atravesar el salón sin ser vistos. Me cogió de la mano y me llevó consigo hasta la gran puerta que separaba la cocina de ese sala enorme dónde Elisabeth siempre reunía a sus invitados más ilustres.

Cuando Edward abrió la puerta el mundo se me cayó a los pies, miles de ojos estaban puestos sobre mí y mi maltrecha indumentaria. Queria que la tierra se me tragase, que el mundo dejará de girar o cualquier cosa para escapar de esa situación tan bochornosa.

- ¿No decias que estaban todos en el jardin? - acerté a decir en susurros a Edward que estaba tan desconcertado como yo.

- Estaban.. - se limitó a contestar.

Genial Alena te acabas de convertir en la comidilla de todos los grupos de arpias de la alta alcurnia de Chicago. Si eso no era mala suerte que viniera dios y lo viera.

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Ohh Nataly que feliz me haces con tus comentarios en serio. Me alegra muchísimo que te guste mi historia! Very Happy
niñas aquí os dejo el capítulo prometido, debo deciros que no podre volver a subir nada hasta despues de una semana porque me voy de vacaciones y no tengo internet. Pero prometo volver con más ideas que nunca. Very Happy Un besitooo mis niñas os hecharé de menos.
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Miér Jul 08, 2009 9:05 pm

Me encanta!! Qué lástima que te vayas Crying or Very sad Ahora tendremos que esperar bastante tiempo (para mí es mucho)... jaja
Me gusta como se desarrolla la historia, sabes escribir muy bien Smile Te felicito!!
Esperaré la próxima parte con ansias..
Buena Suerte en tus vacaciones Very Happy

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Jue Jul 09, 2009 8:20 am

de verdad te tienes que ir? Crying or Very sad jooo pos adios y que te lo pases genial y sobre todo descansa esa cabecita k tiene s k estsar fresca para cuando vuelva eee!
que sepas que te estare esperando con ansias po que esta historia me encanta! te lo dijo en serio,,
sgue escribiendo cuanto antes !! Felicidades por tu trabajo Razz

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Vie Jul 17, 2009 6:10 pm

Cap.4
The sweet escape.


El bochorno empezó a hacer mella en mí cuando observé las miradas de soslayo y los cuchicheos que esas arpias acaudaladas me dedicaban sin pudor alguno. Me encontraba petrificada en el suelo contemplando lo estúpido de mi situación roja de la verguenza. Por mucho que intentara moverme mis músculos no se dignaban a responder y tampoco ayudaba ese nudo en la garganta que no me permetía ni tragar y mucho menos respirar. Solamente mi cabeza parecia trabajar en esos momentos, recitando miles de maldiciones e improperios que matarian del susto hasta al mismisimo capellan de la iglesia.

Supuse que Edward había comprendido que había llegado el momento de salvarme de nuevo pues con paso ligero, se colocó en frente de mí, tapándoles las visión de mi lamentable aspecto a esas brujas que se reian a mi costa. En esos momentos sólo podía llegar a distinguir su espalda sin embargo aún podía escuchar murmullos inteligibles y risitas estúpidas. Una sensación de angustia me invadió, haciéndome sentir desprotegida y desnuda ante los ojos de esa gente sin escrúpulos.

- Alena - dijo una voz fria pero a la vez tranquila demasiado conocida para mí. Cuando Elisabeth hablaba de esa forma había que temerle, estaba realmente enfadada. Intenté tragar el nudo de mi garganta sin éxito.

- Lo lo si siento Elisa.. - comencé a tartamudear presa del pánico pero callé sin más. Ni si quiera tenía una excusa verdaderamente racional para justificar la humillación que le estaba causando por mi comportamiento infantil y rebelde. Ella me había criado como si fuera sangre de su sangre sin distinciones ni condición alguna. ¿Y yo se lo pagaba de esa forma?. ¿Qué clase de ser despiadado y cruel podía pagar así todo lo que habían hecho por el? La respuesta era clara: sólo yo. Estúpida egoista gritaba mi cabeza ocasionandome un fuerte desconsuelo que dolía mucho más que mil latigazos.

- Edward querido acompáñala a su cuarto para que pueda vestirse. Tu deberías hacer los mismo hijo mio. - mando Elisabeth autoritaria.

- Si madre - contestó Edward serio, rodeándo con su brazo mi cintura y pegándome fuertemente contra el en señal de protección. En sus brazos ya no me sentía insegura y mucho menos vulnerable. Sabía que el se enfrentaría contra viento y marea si hiciese falta sólo por defenderme. En cada paso que dábamos sentía miles de miradas puestas sobre mí, perforándome la piel cómo si fueran aguijones envenenados. De repente y sin duda gracias a Elisabeth, la apaciguadora melodía de esa pequeña orquesta volvió a escucharse de nuevo y el ambiente de fiesta regresó a esa habitación. Suspiré aliviada mientras me apretaba más contra Edward, la gente ya no me prestaba la misma atención que hacía cinco minutos al menos no directamente ni de forma tan descarada.

Al pie de la escalera divisé al grupito de lagartas prepotentes y soberbias que más odiaba de toda Illinois. En total eran cinco muchachas de mi misma edad quizás alguna contaba con un año más no estaba segura. Todas perfectas y hermosas pero a la vez perversas y crueles cómo el hambre en invierno. Aunque la maldad de aquellas cinco no era nada comparada con la de su abeja reina, Caitlin Williams. Un demonio de bucles dorados como el sol y de piel suave y blanca cómo la porcelana. Todos los muchachos de las familias más ricas de Chicago caian rendidos por un movimiento de sus caderas o una caida de sus largas y espesas pestañas.

Bueno en realidad me equivocaba, si que existía un joven en aquel lugar que esa pelandrusca no había conseguido idiotizar con sus encantos y no era otro que ese muchacho desgarbado y de cabellos cobrizos que me tenía agarrada en ese mismo momento cómo si el alma se le fuera en ello. Reí en mi interior feliz porque Edward no fuese tan estúpido como los demás chicos de su edad que sólo buscaban una mujer bonita sin darle importancia a otras cosas mucho más importantes cómo por ejemplo la humildad, de la cual Caitlin carecia. Me aferré a el con más fuerza mientras nos acercábamos a esa víbora rubia.

- Me encanta tu vestuario santa Alena es muy..como decirlo..¿Andrajoso? - comentó de forma envenenada en el momento que pasabámos por su lado, mientras sus estúpidas amigas soltaban risitas extridentes.
Me solté del agarré de Edward con un empujón y me coloqué cara a cara de esa estúpida que me hacía hervir la sangre.

- Cuando quieras te ago otro igual que el mio, estaria encantada de tirarte a la pocilga con los cerdos. Siempre pensé que ahí es dónde deberias estar por ese hedor repugnante que sueles despendrer por donde pisas - constesté llena de ira mientras la miraba fijamente a los ojos, desafiante.

- Alena ya esta bien. No es momento de formar un escándalo. - escuché que decia Edward a mis espaldas mientras me agarraba de la cintura y me insistía en que subiésemos las escaleras.

Le miré con reproché y me solté de su agarre de nuevo. El rodó los ojos y comenzó a subir las escaleras a mi par pero algo lo detuvo. Me gire instintivamente mientras el fuego crecia en mi interior por ver el motivo que no lo dejaba avanzar.

- Edward ¿por qué no me acompaña usted a los jardines? me da un poco de miedo ir sola - preguntó Caitlin seductoramente mientras lo agarraba del brazo y le sonreia de forma sensual.

La boca se me abrió de par en par amenazando con desencajarse mientras mis ojos amenazaban con salirse de sus cuencas. Cerré los puños con fuerza tanto que incluso sentí como mis uñas se incaban en mi piel. Podía notar como la rabia corría por mis venas y cómo la agonia y el miedo se apoderaban de mi estómago provocándome arcadas. ¿Qué se había creido esa bruja, que acaso Edward era de su propiedad o algo así? ¿Pero y si el aceptaba acompañarla? No no y no. Todos menos eso, no se lo iba a permitir. ¿Pero Alena que estas diciendo? ahora era yo la que me comportaba como si Edward fuera algo mio. ¡Maldita sea! ¿Qué me estaba pasando?.

- Lo siento señorita pero debo acompañar a Alena a su cuarto. Quizas en otro momento - contestó Edward de forma cortés mientras le sonreia gentilmente y se deshacia del agarre de Caitlin cuidadosamente.

Me alivió escuchar esas palabras de sus labios, pero aún asi me sentia intraquila. ¿Por qué le había sonreido de esa manera? ¿Acaso le quería dar esperanzas? Quizás le gustaba o peor aun estaba enamorado de ella. Pude apreciar cómo el color de desvanecía de mi rostro ante tal afirmación mientras miles de sentimientos se entremzclaban en mi cabeza. Rabia, celos, confusión terror a ser abandonada por esa arpia. Salí de allí casi corriendo hacía mi habitación como siempre hacia cuando alguna situación me superaba. Estaba asustada, no sabía porque sentía miedo y rencor porque Edward pudiese sentir algo por Caitlin. Quizás la causa de mi reacción tan extraña fuese exactamente por eso, porque la chica en cuestión era una de mis enemigas más fervientes pero y ¿si fuera otra? ¿no sentiria nada?.

- ¡Alena! ¿Se puede saber que haces? - gritó Edward a mis espaldas andando con paso decidido hasta mí, pero yo muerta de rabia comencé a andar más deprisa. Al instante estuvo a mi lado mientras me miraba frunciendo el ceño confundido por mi comportamiento. Seguramente intentaba averiguar el porqué de mi enfado observando mis ojos y mis gestos. Bufe con rabia mientras giraba la cara hacia otro lado, no me gustaba en absoluto que me mirara de esa forma tan calculadora.

- ¡Oh Edward! ¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo? Tienes a ricitos de oro esperándote para dar un paseo. - dije sarcástica parando en seco en frente de la puerta de mi habitación. - Vete ya a vestirte y no la agas esperar. Deberias a verle visto la cara a la muy descarada, se le caiá la baba con sólo verte - dije con asco mientras cruzaba los brazos sobre mi pecho. El se limitó a sonreir de esa manera que tanto me gustaba. Comenzó a acercarse a mí sin dejar de sonreir.

- Me encanta cuando te enfadas Alena, te hace parecer tan adorable - murmuró dulcemente mientras que con una de sus manos intentaba limpiar el barro de mis mejillas con delicadeza y ternura. No se muy bien porqué pero una sensación cálida y agradable fue apagando toda la rabia acumulada en mi cuerpo en ese maldito día infernal. ¿Por qué poseía ese maldito poder sobre mí? ¿Por qué sentía que me iba a derretir con sus caricias de un momento a otro?¿Desde cuando mi amigo del alma podía provocar en mi esas reacciones tan disparatadas pero a la vez tan plancenteras?.Comencé a observar sus labios con vehemencia. ¿Cómo sería bersarlos? ¿Serian tan dulces y suaves cómo parecian? Levanté mi mirada otra vez hacía esos ojos verdes tan hipnotizantes, un escalofrio me recorrió la espalda al darme cuenta que su mirada era extraña muy pentrante e intensa. Nunca nadie me había mirado de esa forma y mucho menos el.

- ¡Señorita Alena! menos mal que estad usted aquí - Grito una voz anciana a nuestras espaldas rompiendo aquel momento tan extraño y confuso. Nos separamos avergonzados mientras la señora Wells, mi nodriza, corria a mi lado. - Señorito ¿que hace aún aquí? corra a vestirse vuestra madre os espera. Yo me ocuparé de esta fierecilla. Ya me a contado la señora vuestra entrada triunfal a la sala. ¡Un día me matarás del disguto Alena, soy muy vieja para esta clase de sorpresas!

Edward comenzó a reirse de esa manera tan elegante y refinada mientras yo miraba al suelo avergonzada.

- ¡Alena! Deje de estar hay parada y entre ya en la habitación tiene usted tanta mugre que voy a tener que mantenerla en remojo como un garbanzo por lo menos dos horas hasta que se desprenda de su piel toda esa suciedad. No pienso dejarla salir de su cuarto hasta que parezca una persona y no un mal oliente gato callejero - me expetó empujándome hacía la puerta de mi habitación.

- ¡Oh no! Salvame - le supliqué a Edward con ojos de corderito degollado. Pero el se limitó a sonreirme.

- Lo siento Alena en cosas de chicas no es bueno inmiscuirse. Señora Wells es toda suya - Me giñó un ojo y se marchó con ese paso distingido y serio que tanto le caraterizaba.

- ¡Traidor! - le grité en la lejanía - ¡me las pagaras!

- No sea usted tan quejica y entre - me regañó mi nana mientras cerraba la puerta tras de sí. El miedo se apoderó de mi mientras Agnes me observaba con malicia en los ojos. Sabía que cumpliría sus palabras no me iba dejar marchar hasta que de esa habitación no saliera la señorita que toda madre de la alta socided deseaba tener. Alena estás perdida.

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Chicas ya regrese de mis vacaciones. Os he echado mucho de menos pero al fín estoy aquí! En realidad este tiempo de descanso me ha servido para volver con más fuerza y muchas más ideas! un beso y muchas gracias por leerme de verdad sois las mejores!
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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Sáb Jul 18, 2009 4:03 pm

Aaahh!! No te voy a repetir lo mismo una y otra vez, porque ya sabes que me encanta xD! Sigue escribiendo tan pronto como puedas Smile
Saludos..!

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Dom Jul 19, 2009 1:28 pm

wooow!! me encanta!! sigue escribiendo!! jiji! ^^ pliss estoy es lo mejor k e leido inventado por alguien,, de verdad sigue!

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Dom Jul 26, 2009 10:55 am

Cap.5
Natural's not in it.


La señora Wells me arrastró con rápidez hacia el baño sin ni siquiera dejarme tiempo para protestar, de todas formas hubiese sido una gran perdida de tiempo puesto que con esa mujer sumamenta bajita y regordeta no valian ni los lamentos y mucho menos los lloros. Tenía un carácter implacable y severo cómo había podido descubrir en todo ese tiempo bajo sus cuidados, pero tambien sabía que bajo esa apariencia fuerte e impetuosa; la cual se había visto obligada a forjar desde que era una niña por las inumerosas penurias y desgracias que había tenido que sufrir, no era más que un escudo hacia esas personas que no habían tenido la oportunidad de conocerla tanto como yo.

Agnes era una persona bondadosa y sumamente gentil, sabía a ciencia cierta que ayudaba en muchas ocasiones a las personas más desfavorecidas de las calles de Illinois, cuando se acercaban a mendigar un poco de comida para llevarse a la boca a las puertas de la mansión Massen. Llegué a descubrirla por casualidad, cerca de la enorme verja de entrada, entregándole un bollo de pan a un niño de no más de doce años sucio hasta la saciedad y con magulladuras por todo su cuerpo. Aún recuerdo cómo temblaba al pedirme que por favor no contase nada a los señores.

- Alena por favor, se que tienes un corazón que no te cabe en el pecho, además de esa generosidad y tolerancia que me he encargado de inculcarte durante todos estos años en los que te he criado como una hija. Quiero que entiendas que no todos los seres de este mundo han tenido tanta suerte cómo tu. Ni yo la tuve hija mia. Si no hubiese sido gracias a la oportunidad que me concedió el padre del señor, que en gloria descanse, sepa dios que hubiese sido de mí en estas calles despiadadas, a ramera mínimo hubiese tenido que llegar. Por favor no diga usted nada, las almas que viven en las calles también merecen algo de misericordia, el señor lo quiso así .. - dijo entre sollozos mientras me observaba con esos ojos azules cansados y cristalinos.

Una agonía me encogió el pecho y no pude contener las ganas de abrazarla para reconfortarla y llorar con ella. ¿Cómo podía creer que yo no iba a entender su gesto? Había tenido la fortuna de criarme en un palacio de cristal pero eso no había sido un inconveniente para que cada vez que salía de su fortaleza observara cómo en esa ciudad no sólo existían bailes de etiqueta o buenos modales sino que además coexistía junto con esa superficialidad algo muy diferente. Un mundo paralelo, un lugar dónde las gentes dormian en las calles o se veían obligadas a buscar en las basuras algo de comer en compañía de las ratas. ¿Cómo podía siquiera creer, que no me dolía que el dinero fuese malgastado por señores aristocrátas y mujeres remilgadas en cosas banales cómo por ejemplo joyas o vestidos, mientras miles de familias morian de hambre a nuestro alrededor?.

- Deje de llorar Agnes porque nunca y escucheme bien nunca, condenaré un gesto tan amable cómo el que realizó usted hace un rato porque antes que eso sucediese, desearé que un rayo me parta en mil pedazos - contesté llena de sinceridad mientras le besaba sus manos y el rostro el cual se encontraba salado a causa de la mezcla de sus lágrimas con las mias.

- Un dia querida Alena, dios te agradecerá toda tu fuerza y sensillez porque un corazón tan puro cómo el tuyo, que alumbra con su inocencia y bondad a todas las almas desgraciadas cómo la mia propia, merece un milagro. Nunca un nombre fue tan bien elegido como el tuyo hija mia, porque tu eres Luz Alena. Eres cómo ese ángel de luz que siempre esta ahí para sobrevolar las horas bajas de los más débiles. Y algún día dios te agradecerá todo lo que te has visto obligada a sufrir en esta vida y sobretodo te recompesará por todas las almas perdidas que tendras que ayudar en tu camino. Nunca olvides estas palabras..estás aquí para algo más que para sufrir mi pequeña niña.


Estaba en esos recuerdos cuando Agnes con los brazos en jarras me observaba con gesto enfadado. Pintaba muy graciosa con ese vestido gris largo hasta las pies y ese enorme delantal blanco, haciéndola parecer más grande de lo que en realidad era. Su pelo el cual contaba con esa tonalidad gris perla que tanto brillaba bajo el sol se encontraba recogido en un moño alto mientras que las arrugas de su rostro dejaban ver el paso de los años de esa vieja pero sabia mujer. A pesar de que su aspecto fuese cansado y muy maltratado con el tiempo, sus ojos azules eran vivos y muy expresivos, haciéndola parecer una mujer inteligente y muy perspicaz, lo que en realidad era.

Pero lo que más me gustaba de mi nana era su desparpajo y zalameria. Sabía muy bien todos los hombres que habían caido rendidos a su gracia y salero en sus años mozos, puesto que ella en númerosas ocasiones se había encargado de recalcármelo. ''Por lo menos siete hombres cantaban serenatas bajo mi ventana, pero yo los despachaba asi cómo venian, porque hija mia, aquí cómo me ves.. Agnes es mucha mujer para un hombre'' . Me decia llena de orgullo inchando su pecho cómo un pollo en navidad. Lo que en realidad no sabía es que yo me había encargado de averiguar por mi cuenta cuando era una niña, a través de una serie cartas que nunca llegaron a su destino, escondidas bajo unas tablas sueltas del suelo de su habitación; que el amor de su vida siempre fué y será el abuelo de Edward.

- ¿Quiere desvertirse ya? ¿O me veré obligada a tocar esa cosa que lleva usted por ropa? - preguntó sacándome de mi ensimismamiento observándo con profundo asco mi ropa.

Comencé a desvertirme con brio sin que ella dejará de mirarme fijamente frunciendo el ceño, al final viendo que no me daba toda la prisa que debiera vino hasta mí para ayudarme, sacándome a estirones el trapo que llevaba por camisón. De un brazo me zambulló hasta la cabeza en el agua de la tina la cual ya se encontraba preparada de hacia horas.

- ¡Está helada! - conseguí decir cuando mi cabeza pudo salir al exterior. Los escalofrios me hicieron rechinar los dientes.

- Estaria en su punto si usted hubiese llegado a la hora convenida. - contestó concentrada frotándo con fricción, con esa esponja que casi parecia un estropajo, toda mi anatomia.

Diez minutos al menos estuvo mi querida Agnes intentado despegar de mi cuerpo todo la suciedad adquirida del barro y la vegetación del bosque.

- Bien y ahora que porfín puedo decir que es otra vez una persona. Iré a preparar su vestuario. Salga de la tina y séquese bien, la estaré esperando en la habitación. - sentenció esa malévola mujer con voz firme.

Sequé con esa toalla de algodón blanco y tacto suave cada rincón de mi cuerpo, mientras una sensación de relajación me abrumaba. Comencé a pensar en Edward sin saber porqué, indudablemente ya estaría en el salón con todos los invitados. Vestido cómo todo señor que se precie y regalando sonrisas y gestos elegantes a todo el mundo. Seguro que se veía hermosísimo cómo siempre. Me sonrojé por mis pensamientos de nuevo, ¿desde cuando mis hormonas se encontraban tan alborotadas y confundidas para comenzar a ver a Edward como un hombre guapo y atractivo, pero sobretodo profundamente deseable? ¡Alena! ¿dónde has dejado tu castidad y amor de hermana? me regañé a mi misma.

- ¡Alena no me obligue a ir por usted! - gritó Agnes desde mi habitación. Pegué un brinco a causa del susto y corrí hacia mi cuarto intentado hacer esfuerzos sobrehumanos para no resbalar a causa del agua que despredían mis todabía pies mojados.

- ¿Por qué ha tardado tanto?. Pensé que se había aogado o váyase usted a saber. ¿Me puede decir que le sucede últimamente?. ¡Hija mia andas en las nubes! - me regañó Agnes con curiosidad en la voz, escrutándome con la mirada pues sabía que algo me ocurría.

- No me pasa nada, sólo que me siento algo abrumada por lo que ha ocurrido allí abajo hace un rato. Ni si quiera sé que cara voy a poner al bajar por esa escalera con todo ese nido de víboras observándome y esperando que cometa algún error, para abalanzarse sobre mi cuello como una jauria de perros hambrientos. - Mentí de la mejor forma posible mirándo mis pies descalzos. Bueno en realidad ese era un motivo que de verdad me preocupaba pero no tanto cómo el hecho de ver a Edward como un objeto de deseo. Me reñí otra vez por mi pensamiento estúpido e irracional. ¡Por favor Alena quieres parar de una vez!

- Pues déjeme decirle que usted bajará por esas escaleras con la cabeza bien alta, mostrándo orgullo y sobretodo esa hermosura que ha heredado de su difunta madre. Porque en esa sala no hay mujer más bonita que tu, mi querida niña. Y ya puede usted hacerme caso y no amedrantarse ante nada ni nadie porque yo no he criado a una muchaha cobarde y cretina sino a una joven de cáracter fuerte y rebelde y sino me cumple niña, le daré unos buenos azotes. - dijo mi nana mirándome a los ojos mientras me colocaba unas medias de color blanco pulcro que llegaban hasta mis rodillas, con cuidado para no romperlas.

Le sonreí complacida mientras la observaba con cariño y me dejaba hacer. Sabía a ciencia cierta que el punto débil de esa mujer de cuerpo envejecido y débil pero de un alma incluso más joven que la mia, siempre seria yo, su dulce y pequeña Alena. Mi gran confidente, madre y amiga, siemplemente mi Agnes.

Comenzó a colocarme ese corsé, que tanto odiaba, con el objetivo de resaltar mi busto. Me sentía atrapada en el interior de esa cosa objeto de mis mayores pesadillas.

- ¡Auch! ¿Es obligatorio que quede tan ceñido? ¡Me está aogando Agnes! - me quejé cómo pude puesto que ese apretado corsé no dejaba paso a que el aire llegase a mis pulmones.

- No sea usted tan quejica que para estar guapa siempre se ha de sufrir. ¡Ay! juventud del demonio que no sabe apreciar los dones concedidos por dios. Aproveche lo que usted tiene tan bien puesto y encuentre un buen joven al cual amar porque si yo estuviese en su lugar.. ¡Ay, si yo lo estuviese! - comentó divertida mientras me daba una cachetada en el trasero. La fulminé con la mirada mientras ella iba a por mi vestido el cual se encontraba encima de esa cama con dórsel tan conocida para mí.

Esas ropas parecieron estar diseñadas especialmente para mí puesto que Agnes me vistió sin ningún esfuerzo. Me colocó esos zapatos altos de tacón forrados en terciopelo amarillo y me llevó hasta el espejo para que pudiese admirar la belleza de esa prenda en mi figura, maravillándome con la imagen que el espejo me mostraba.

El vestido se ajustaba perfectamente a mi figura, resáltando cada una de mis curvas. Sólo contaba con una de sus mangas, la cual poseía una forma elegante y preciosa. Mi otro brazo quedó al descubierto dejándo ver con suma perfección mi nívea piel. La tela de ese amarillo brillante cómo el color del sol y del mismo tono que mis zapatos, se ceñia a mi cuerpo hasta la cintura, después una falda con númerosos pliegues caia hasta mies pies de forma sútil y grácil. Me costaba creer que esa hermosa chica que me observaba encandilada fuese la misma joven andrajosa que habia entrado en aquella habitación una hora antes. En realidad no podía creer que esa muchacha de ojos almendrados fuese yo misma.

- Te has convertido en una mujer de una hermosura espectacular - Dijo mi nana mientras me ayudaba a sentarme en el tocador y comenzaba a peinar mis cabellos con sumo cuidado. Al cabo de un momento me habia realizado un hermoso semirecogido que dejaba caer sobre mi espalda una cascada de bucles castaños. Para darle el toque final colocó sobre mi pelo una hermosa diadema plateada la cual dibujaba preciosas y minuciosas hojas de acanto perfectamente alineadas.

Los polvos del maquillaje me hicieron toser y los pellizos de mi nana sobre mis mejillas, para darles un toque de rubor, me dolieron en demasia. Pero me quejé en silencio observándo cómo Agnes maravillada terminaba su obra.

- Ninguna mujer podrá competir con tu belleza en este día querida Alena. Irradiarás luz por dónde pises - sonrió orgullosa mientras me rodeaba con sus brazos cómo una madre arropa a su hija - Y de esta forma Alena mia, haz honor a tu nombre y deja sin palabras a todos esos usureros y hipócritas por mí.

Me besó en la mejilla y se marchó, dejándome con ese aplomo y confianza que sólo ella era capaz de darme.


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Siento la tardanza pero el verano no deja tiempo para nada, creo sinceramente que es peor que el invierno respecto a lo que el tiempo se refiere. Ahora tengo mucho menos que cuando estoy aplastada por los libros y miles de apuntes jaja Razz a pesar de todo aquí teneis el nuevo capítulo disfrutadlo y gracias de verdad por vuestro apoyo y ánimo, sois las mejores. Un besazooo!!

Música en la cual me inspiré: Natural's not in it - Gang of four. Very Happy

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MensajeTema: Re: Dulces recuerdos, Alena.   Dom Jul 26, 2009 4:20 pm

Felicitaciones, "Afinidades" Smile Es lo único que puedo decir!!

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